viernes, 7 de septiembre de 2012

El arte de acumular deudas y no pagarlas.

Máximas generales


    Para entenderse sin malgastar palabras, conviene de inmediato adoptar un vocablo con el que nombrar, con matemática exactitud, a ese personaje singularmente agraciado por la naturaleza, y  perfeccionado por la ciencia y la práctica social, que se propone vivir alegremente la vida a costa del crédito público y privado.

    Mi propio apellido podría servir a tal fin. El hombre que pretende vivir gracias a la deuda, el hombre que se siente llamado a esta sublime misión de regenerar la humanidad mediante el sistema de los impuestos involuntarios, cabe llamarle, por lo tanto, pufista. Confiriendo el nombre de pufista a esta gran y noble especialidad de la raza humana −que dentro de nada dejará de ser una especialidad para convertirse en una práctica generalizada−, sé estar postulándome a una fama imperecedera.

    Acabo de enunciar, casi sin percatarme, un grandioso concepto que exige pronta explicación para que también puedan comprenderlo los intelectos menos avispados. He dicho que el pufista está llamado a regenerar la humanidad gracias al sistema de los impuestos involuntarios.




    No es preciso que les haga notar cuan horrible, absurda, contraria a las intenciones de la naturaleza resulta esa ley que obliga al hombre a pagar el derecho a la existencia con los más viles metales, con el oro, con la plata, con el cobre acuñado.

    ¡El hombre!... ese rey de la creación, esa noble personificación de la inteligencia, hecho a imagen y semejanza del creador, ese dueño de toda la naturaleza animada e inanimada, ese dios de la tierra y del océano, reducido, por mor de falsas y reiteradas teorías, a tener que renunciar a todas las cosas necesarias, a la existencia misma, a tener que morir de frío e inanición, por no disponer de unas pocas monedas. La sociedad está organizada de tal guisa que al libre morador de la tierra ya no se le permite coger una manzana de un árbol, cortar una espiga de trigo, sorber un racimo de uvas si antes no ha encontrado algo de calderilla en el fondo de su bolsillo. ¡Tan bajo hemos caído, pobre raza humana!, que en los lugares más poblados del mundo, en Londres, en París, ahí donde llegan todos los productos del universo, ahí donde los escaparates muestran las exquisiteces y glotonerías de la sapiencia culinaria, un hombre, un rey de la creación, que no disponga de alguna moneda en el bolsillo de su chaleco, habrá de morirse de hambre... o arriesgar la cárcel, robando.

    ¡Morir o robar! Este es el terrible dilema que la odiosa política de la sociedad impone inexorablemente a este animal, hecho a imagen y semejanza de Dios, ¡si llega a faltarle una menuda moneda!

    ¡Morir o robar! ¡No, por Dios! Hemos gritado. ¡Por Dios!, me responderán ustedes con el temblor de una conciencia indignada: ¡ni morir, ni robar!. Algún remedio ha de haber, y si no lo hay, habrá de encontrarse, ya que, de no existir modo de eludir el tremendo dilema, mejor haríamos en invocar el diluvio universal o la lluvia de piedras que cayó sobre Sodoma y Gomorra.

    ¡Descuiden! ¡Respire aliviada la humanidad desolada!... ¡No provoquemos la cólera de Dios con las maledicencias de la desesperación! El remedio existe −existe desde hace siglos− y esta providencial invención se la debemos a... los pufistas.

    "No quiero morir; no quiero robar", dijo el primer pufista. "Tengo derecho a vivir, y las leyes no pueden condenarme por ejercer ese derecho. ¿Por tanto? Por tanto... viviré de las deudas, o del crédito, que es lo mismo."

    "Pero se equivocaron los pufistas  −dirá alguno−, ya que todos sabemos que las leyes condenan a los deudores, al igual que condenan a los ladrones, y que la deuda, aunque pueda alimentar durante un tiempo la impunidad, no consigue librarnos completamente de los inhumanos rigores de la ley."

    Esta observación no podría hacerla −no cabe duda− sino un pufista de tercera, un pufista neófito, un pufista que aún no estudió el gran arte. El verdadero pufista os responderá que esas penas del Código llamado  civil vienen a ser como un espantapájaros: representan un peligro más imaginario que real y tan sólo para los pececillos de agua dulce. Nosotros, los grandes peces de alta mar, nosotros, desafiamos la grácil red urdida con remiendos, nosotros desgarramos las mallas y las atravesamos... ¡pufando!

    No olviden esta máxima: a la cárcel por deudas, sólo van unos pocos imbéciles que iniciaron su carrera desconociendo los rudimentos del arte. Más adelante, trataré de esos rudimentos, y no faltarán entonces, para ilustrar nuestras teorías, ejemplos muy notables.




De las disposiciones naturales del pufista


    No es poeta quien quiere, y tampoco puede ser pufista quien no disponga de aptitudes naturales adecuadas a su alta misión.

    No pretendo, con estas palabras, desanimar a los menos favorecidos por la naturaleza. Cuando se habla de poeta o de pufista, estamos refiriéndonos a los tipos más ejemplares de una categoría y se sabe que, con estudio y ejercicio, muchos individuos dotados de un talento mediocre logran hacer algún verso decente o, también, alguna deuda respetable.

    Pero para llegar a ser pufista de primera categoría, pufista de alta sociedad, pufista mundial se precisa de unas aptitudes poco comunes, que pasamos a señalar brevemente...




Roboamo P.
Milán 1881


Texto completo en PDF aquí.

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