domingo, 7 de agosto de 2016

Tres Cuentos - Leonora Carrington


El Cuento Feo de la Manzanilla          



Angelito estaba enfermo. Tenía gripa.
Su mamá lo encerró en su cuarto.
—Angelito, no te vayas a levantar de tu camita —dijo.
—No mamá —contestó Angelito.
Apenas se fue, Angelito se levantó y abrió la ventana.
Abajo pasaba una señora.
Angelito le hizo pipí encima.
La señora dijo: "Está lloviendo", y corrió.
A Angelito le gustó esto.
Tomó más té de manzanilla, para tener más pipí.
Pasó un señor y Angelito volvió a hacer pipí.
El sombrero del señor estaba todo mojado de pipí
—¡Te pego! —le gritó muy enojado.
Angelito se escondió.
El señor se fue gritando. —¡Gente cochina!
Angelito se quedó en su cama hasta que vio venir al elefante
y el caballo.
Les hizo pipí.
El elefante subió al cuarto y se comió la camita de Angelito.
El caballo se subió sobre el armario y chupó la pintura de la pared.
Después hizo caca en el té de manzanilla.
—¿ Ya ves ? —dijo el elefante.




El Monstruo de Chihuahua          


En su tiempo de luna pequeña, camina el monstruo por esta
calle.
Se llama Chavela Ortiz.
No tiene domicilio.
Ni esposo.
Ni madre.
Ni padre.
Ni hijos.
Pero sí tiene seis patas
y una joya de oro y perlas, donde guarda
el retrato de Don Ángel Vidrio González
—Jefe del Departamento Sanitario—.
El monstruo dice:
Cincos y cuatros.
Cincos y cuatros.
Cincos y cuatros.
5 y 4; 5 y 4; 5 y 4 . . .
después hace el total.




Cuento Negro de la Mujer Blanca          

La mujer blanca se vistió de negro.
Todito negro y negro.
Hasta sus mismas pijamas y su jabón.
Negro y negro todas sus cosas.
Como la noche, como el carbón.
Pero
Cuando lloraba aquella mujer
sus lágrimas eran azules
y verdes como los periquitos.
Lloraba mucho aquella mujer
y tocaba la flauta.
La
Mujer
Blanca
Vestida
De
Negro
Llorando
Y
Tocando
Su
Flauta.



l.c.




sábado, 23 de abril de 2016

Investigaciones de un perro..



  ¡En qué forma ha cambiado mi vida, sin cambiar en el fondo! Si retrocedo con el pensamiento y evoco los tiempos en que aún vivía en medio de la perrera, participando en cuanto interesa a los perros, un perro entre perros, encuentro, si advierto más detenidamente, que siempre hubo algo que funcionaba mal, que existía una pequeña grieta y que un ligero malestar me acometía en el curso de los más solemnes actos públicos; a veces también en los círculos privados; no, no a veces, sino muy a menudo, la simple visión de uno de mis semejantes perrunos, considerado de pronto de otra manera, me turbaba, me asustaba, dejándome indefenso y desesperado. Traté de tranquilizarme; algunos amigos, a los que confesé esto, me ayudaron; luego llegaron épocas mas tranquilas, en las que si bien no faltaban aquellas sorpresas, se las consideraba con más ecuanimidad y como venían se las incorporaba a la existencia; tal vez entristecían y cansaban, pero en lo demás me permitían subsistir, un poco retraído, temeroso, calculador, sí, pero en resumidas cuentas, todavía un perro cabal. ¿Cómo hubiera podido alcanzar sin esos períodos de descanso la edad de que hoy gozo; cómo hubiese podido luchar y abrirme camino hacia la serenidad desde la cual contemplo los terrores de mi juventud y la vejez; cómo hubiese podido llegar a sacar conclusiones de mi —como lo reconozco—desgraciada o, para expresarlo más cautelosamente, no muy feliz disposición, y vivir conforme a ellas? Retirado, solitario, ocupado en investigaciones, sin esperanzas, aunque para mí indispensables, así vivo, pero sin perder de vista a mi pueblo. A menudo me llegan noticias y a veces también doy alguna señal de vida. Se me trata con consideración, sin comprender mi real naturaleza; pero no lo tomo a mal e incluso los perros jóvenes, que veo cruzar alguna vez a lo lejos —una nueva generación—, de cuya infancia me acuerdo oscuramente, no me niegan su respetuoso saludo.

  No hay que perder de vista que, a pesar de todas mis rarezas, traslúcidas como la luz, sigo perteneciendo a la especie. Es verdaderamente curioso —pienso, y para hacerlo tengo tiempo y ganas y disposición—lo que pasa con la condición perruna. Fuera ‘de nosotros, los perros, hay muchas especies de animales: pobres seres minúsculos, casi mudos, capaces, solamente de algunos gritos.; muchos de nosotros, los perros, los estudian, les han dado nombre, tratan de ayudarlos, de educarlos, ennoblecerlos, etcétera. A mí me son indiferentes; basta con que no me molesten; los confundo unos con otros, apenas los veo. Hay sin embargo algo llamativo: la poca, solidaridad que reina entre ellos, si se los compara con nosotros, la indiferencia y hasta la hostilidad con que se tratan, al extremo de que sólo los más burdos intereses parecen unirlos; y aun estos intereses originan a menudo odios y peleas. ¡Nosotros, los perros, en cambio!… Puede decirse que todos,” vivimos agrupados, por más que nos diferencien los caracteres adquiridos a través del tiempo. ¡Todos agrupados! Ese es el impulso y nada puede refrenarlo; todas nuestras leyes e instituciones, las pocas que todavía conozco y las innumerables que he olvidado, tienden a satisfacer el anhelo hacia la suprema dicha de que somos capaces: la cálida convivencia. Y ¡ahora la otra cara del asunto: entiendo que ningún ser vive,! tan ampliamente diseminado como el perro; en ninguno se manifiestan tantas diferencias en realidad inabarcables, por razón de clase, tipo, ocupación; nosotros que deseamos permanecer unidos -y siempre y a pesar de todo lo logramos en momentos extraordinarios—, precisamente nosotros, vivimos separados desempeñando oficios extraños, desconocidos hasta para los congéneres más inmediatos, sujetos a prescripciones que no son las de la perrada, que más bien están orientadas contra ella. Estas son cuestiones tan complejas, cuestiones que, por lo general, se prefiere eludir —comprendo también este punto de vista, hasta lo comprendo mejor que el mío—y a las que sin embargo me he entregado por completo. ¿Por qué no hago como Tos demás, por qué no vivo en armonía con mi pueblo, sin dar importancia a lo que turba precisamente esta armonía, considerándolo como un simple fallo dentro del gran conjunto; por qué no me oriento hacia lo que nos une en felicidad, no a lo que naturalmente —siempre también en forma irresistible—nos arranca del círculo de nuestro pueblo?

  Recuerdo un suceso de mis primeros años. Experimentaba la feliz e inexplicable excitación que sin duda todos experimentamos en la niñez; era un perro muy joven; todo me gustaba, todo se refería a mí; creía que grandes cosas sucedían a mi alrededor porque yo era su motor, y que debía conferirles mi voz, cosas que permanecerían miserablemente en tierra si yo no me afanaba y corría y agitaba mi cuerpo por ellas; en suma, fantasías de la niñez que desaparecen con los años. Pero en aquella época eran poderosas, me subyugaban y, efectivamente, sucedió algo extraordinario que parecía justificar mis caóticas esperanzas. En sí no era nada muy extraordinario —más tarde he visto cosas semejantes y más extrañas aún—, pero me afectó con la fuerza de la primera impresión, imborrable y orientadora. Tropecé con un pequeño grupo de perros, mejor dicho, no tropecé con él, porque vinieron a mi encuentro. Yo había caminado largamente en la oscuridad, con el presentimiento de grandes sucesos —presentimiento que, por constante, me inducía fácilmente a error—, había caminado mucho sin rumbo, ciego y sordo a todo, impulsado sólo por mi deseo impreciso; me detuve con la repentina sensación de haber llegado a buen lugar; levanté la vista y vi que era de día, un día muy luminoso, con algo de bruma, lleno de entreverados y mareantes oleajes de perfumes; saludé la mañana con turbulentas voces y, entonces, corno si los hubiese conjurado, siete perros surgieron de la oscuridad y se presentaron a la luz, con un ruido espantoso, como no había oído jamás. Si no hubiese visto con claridad que se trataba de perros y que ellos portaban el ruido, aunque no podía precisar cómo lo hacían, hubiera huido. Me quedé, pues. Entonces no sabía casi nada del don creativo musical conferido exclusivamente a los perros; había escapado a mi poder de observación que se hallaba en lento desarrollo; tal vez porque la música me rodeaba desde la lactancia como elemento vital cotidiano, indispensable, que nada me obligaba a diferenciar de la vida misma; sólo con indicaciones adaptadas a la mentalidad infantil se había tratado de señalármela; tanto más sorprendentes, casi abrumadores, me resultaron aquellos grandes artistas. No hablaban ni cantaban, más bien callaban obstinadamente; pero como por arte de magia, extraían su música del espacio vacío. Todo era música, las subidas y bajadas de las patas, determinados giros de las cabezas, el andar y el reposo, sus posiciones respectivas, los pasos como de contradanza originados cuando, por ejemplo, cada cual afirmaba las patas delanteras en el lomo del precedente de manera que el primero sostenía, erguido, el peso de los demás, o cuando formaban entrelazadas figuras que se arrastraban, cerca del suelo, sin equivocarse jamás. El último de ellos, todavía un poco inseguro, no encontrando de inmediato la conexión con los otros y en cierto modo vacilante al iniciarse la melodía, lo era sólo comparado con la magnífica seguridad de los otros; y aunque lo fuese por completo, no habría podido echar a perder nada porque los otros, grandes maestros, mantenían inconmoviblemente el compás.

¡Pero si apenas se les veía! Se habían adelantado, se los había saludado ya con anterioridad como a perros a pesar de la confusión creada por el estruendo que los acompañaba; sí, eran perros, perros como tú y yo, uno quería acercárseles, intercambiar saludos, estaban muy próximos, eran perros ciertamente mucho más viejos que yo y no de mi especie lanuda, pero tampoco muy distintos en tamaño y aspecto; al contrario, resultaban muy familiares; yo conocía a muchos de esa especie o de otra parecida, pero mientras estaba entretenido en tales reflexiones, la música comenzaba a predominar; lo cogía materialmente a uno, lo apartaba de estos pequeños perros reales, y a pesar de resistirse con todas las fuerzas, aullando como si le causaran daño, no podía ya ocuparse de otra cosa que de la música procedente de todas partes, de arriba, de abajo, arrastrando al oyente, sepultándolo y aplastándolo; que al aniquilarlo a uno estaba tan próxima que de inmediato parecía lejanísima, soplando trompetas apenas audibles. Y de nuevo uno era despedido porque ya estaba demasiado agotado, aniquilado, demasiado débil para seguir escuchando; era despedido y veía a los siete perritos realizar sus evoluciones, ejecutar sus saltos; uno quería, a pesar de su aspecto inaccesible, llamarlos, preguntarles, averiguar qué hacían allí —yo era una criatura y me creía autorizado a preguntar a todo el mundo—pero apenas comenzaba, apenas sentía el fluido de la buena y cálida comunicación con los siete, cuando la música había vuelto, me quitaba el sentido, me hacía girar en círculos, como si yo mismo fuera uno de los músicos, cuando sólo era una de sus víctimas, y me arrojaba de un lado para otro, por más que implorara clemencia. Por fin me salvó su violencia misma, apretándome en una pila de maderas que hasta entonces no había advertido. Al abrazarme con firmeza y bajar la cabeza me daba al menos la posibilidad de resollar, aunque en el exterior siguiera tronando la música. Verdaderamente, más que el arte de los siete perros —incomprensible para mí, porque sobrepasaba en mucho mis facultades de aprehensión—me maravillaba su valor de exponerse por entero y abiertamente al resultado de su propio arte y de soportarlo, aunque iba más allá de sus fuerzas, sin que se les quebrara el espinazo. Por cierto que yo comprobaba ahora desde mi escondrijo, mirando mejor, que no trabajaban con tanta calma, sino más bien con extremo esfuerzo; estas patas movidas en apariencia con tal seguridad, temblaban a cada paso en interminables palpitaciones ; rígidos, como desesperados, se miraban unos a otros, y la lengua, una y otra vez dominada, tornaba también una. y otra vez a colgar mustia. Y no podía ser que los excitara así el temor al fracaso; los que tanto arriesgaban, los que lograban tanto, no podían ya tener miedo. ¿Miedo a qué? ¿Quién los obligaba a realizar lo que allí estaban haciendo? Y ya no pude contenerme, sobre todo porque ahora me parecían necesitados de ayuda, y grité mis preguntas a través del ruido, alta e imperiosamente. Pero ellos – ¡incomprensible! ¡incomprensible! —no contestaron, actuaron como si yo no existiera. ¡Perros que ni siquiera contestan a una llamada de perro, un atentado imperdonable a las buenas costumbres inconcebible en ninguna circunstancia, ni en el más grande ni en el más pequeños de los perros! ¿Y si no fueran perros? Pero cómo podían no ser perros si ahora oía, al escuchar mejor, las suaves voces con que se azuzaban unos a otros, se hacían notar ciertas dificultades, se advertían ciertos errores, hasta veía al último perro, al más pequeño, al que estaban destinadas la mayoría de las voces, entrecerrar los ojos hacia mí con frecuencia, como si tuviese ganas de contestarme, pero dominándose porque no debía ser. ¿Pero por qué no debía ser, por qué lo que nuestras leyes exigen siempre incondicionalmente no podía ser en este caso? Me sentía indignado casi hasta olvidar la música. Estos perros violaban la ley. Aunque fueran grandes magos la ley era válida también para ellos, eso lo comprendía yo muy bien aunque fuera una criatura. Y noté aún más. En realidad tenían motivo para callar, en el supuesto de que callaran por sentimiento de culpa. Porque, ¿cómo se conducían? La música me había impedido notarlo; los muy desdichados, arrojando de sí toda vergüenza, hacían lo más ridículo y lo más indecente: caminaban erguidos sobre las patas traseras. ¡Horror! Se desnudaban y llevaban procazmente a la vista su desnudez; se gozaban en ello y si alguna vez obedecían al sano instinto y bajaban las manos parecían asustarse, como si fuera un error, como si la naturaleza fuese un error, y volvían a levantarse en seguida, sus miradas parecían pedir disculpas por haber interrumpido de momento sus prácticas pecaminosas. ¿Estaba el mundo al revés? ¿Dónde me hallaba? ¿Qué había pasado? Aquí ya no pude vacilar, la existencia misma estaba en juego; me solté de las maderas que me aprisionaban y me adelanté de un salto, quería llegar hasta los perros; de pequeño discípulo debía convertirme en maestro, hacerles comprender lo que hacían, evitar que cayeran en ulteriores pecados. “Unos perros tan viejos, unos perros tan viejos”, me repetía. Pero apenas estuve en libertad —sólo dos, tres saltos me separaban de ellos—el ruido volvió a adueñarse de mí. Tal vez, como ahora ya lo conocía, aunque era espantoso, le habría podido oponer resistencia; luchar contra él, si a través de toda la plenitud sonora no se hubiese mantenido un sonido claro, severo, siempre igual a sí mismo, como si llegase invariablemente de gran distancia y pareciera constituir la verdadera melodía en medio del ruido. Me obligó a caer de rodillas. ¡Qué embaucadora era la música de estos perros! No lograba avanzar, ya no quería educarlos; que siguieran despatarrándose, que siguieran cometiendo pecados e induciendo a otros al silencioso pecado de contemplar; yo era un perro demasiado pequeño; ¿cómo se podía esperar de mí acción tan ardua? Me acurruqué aún más, gimoteando, y si los perros me hubiesen preguntado mi opinión tal vez les hubiese dado la razón. Afortunadamente, no tardaron en irse; con todo su ruido y toda su luz desaparecieron en la oscuridad por donde habían salido.


martes, 29 de marzo de 2016

Estados de Ánimo..



I  

   Miro el atardecer con la inquietud de un perro ciego que lanza injurioso la mordida sin saber exactamente a quién clavará los dientes. Me sirvo otro ron. Del librero tomo al azar un libro. Es Confabulario de Juan José Arreola. Abro en la página 53. Leo: “Hay un diablo que me castiga poniéndome en ridículo”. Cierro el volumen. Voy a la ventana. Miro la tarde. Hace frío. Le doy un sorbo a la bebida. El ron me parece detestable. Aviento con vesania el vaso a la pared. Se rompe en mil pedazos. Dios estará en la casa del vecino oyendo seguramente música ranchera. Y no va a venir a aliviarme la depresión. No quiere líos. Por ahora.



  II

Salgo a la calle. Camino. Viene hacia mí una mujer.
    –He perdido un dornajo siciliano –dice.
   Alzo los hombros.
    –Yo he perdido cuatro noches –digo.
   La mujer es ahora la que alza los hombros. Se va. Aprisa. Levanto una piedra del suelo. La arrojo contra la primera ventana que encuentro. Del edificio sale alarmado un hombre.
    –He sido yo –digo.
   Se acerca.
    –No veo la razón –indica.
   El hombre huele a cerveza.
    –Se lo explico con una copa en la mano –digo.
   Nos introducimos a su habitación. Hay otros tipos más adentro. Juegan a las cartas. La casa huele a humedad, a pizza, a abandono. El humo de los cigarros es denso. Hay un desorden absoluto. Platos tirados, veintenas de macetas con flores marchitas, polvo visible.
    –Es la persona que rompió el vidrio de la ventana –dice el hombre de la cerveza.
   Los tres tipos voltean a verme.
    –Mucho gusto –dice el de mayor edad.
   Los otros continúan jugando. Me dan una cerveza. Me siento en el sofá. Miro de soslayo un par de piernas recostadas en una cama en la habitación conjunta. Los tipos están divertidísimos jugando. Miro el par de piernas. Pregunto dónde está el baño. Me señalan con el dedo un cuarto. Me pongo de pie. Y la veo de cuerpo entero. La mujer está durmiendo desnuda. Se ve bella. La miro largo rato.
   Ya no entro al baño. Me dirijo a los hombres:
    –¿Cuánto es por el vidrio roto?
   Hacen ademanes gentiles que significan que ese asunto ya está olvidado, que no me preocupe, que me sienta en confianza.
    –Si eso le hace bien, puede usted romper cuanto vidrio encuentre en la casa –dice el más joven.
   Lo reflexiono un momento.
   Y con mi cerveza voy rompiendo ventanas, loza, la pantalla de la televisión, una mesita de centro. Los hombres ríen. La mujer, a la que miro de soslayo, sigue durmiendo.
    –Gracias –digo, al retirarme. Los hombres están concentrados en su juego. 
    –De nada, pues, fue un placer –dice, por fin, el que me invitara a subir.
   Ya afuera, atino a romper un cristal más de su ventana.







III  

Las luces de neón comienzan a encenderse. 
La noche llega trayendo consigo un viento helado. Me siento en un parque. En mi estómago revolotean innumerables mariposillas que se niegan a salir de mi cuerpo. Echo la cabeza hacia atrás y veo entre los árboles a un elefante rosa. Una tórtola vuela hacia mí.
   Dice.
    –No me gusta volar bajo porque a veces mis alas rozan la tierra.
   Y se va la tórtola. El elefante ha dado un brinco hacia otra rama.
   Me gustaría quedarme por el resto de mis días sentado en esa banca.



  IV

Voy a una iglesia que queda arriba de un cerro. No hay nadie en misa. 
Veo a dos enamorados besándose interminablemente al pie del púlpito. 
Luego, los miro salir tomados de la mano rumbo a la barda que rodea el pequeño santuario. Ella se sienta en el breve muro. Abre sus piernas para que él, de pie, abajo, pueda abrazarla por la cintura. Se besan como si fuera el último día de su vida. De vez en cuando se dicen cosas al oído.
   La noche es demasiado negra.
   Un niño se acerca. Dice:
    –Ya vamos a cerrar, señor, por favor...
   Su palidez es admirable.
   Le acaricio su hirsuto cabello.
   Abandono la iglesia.


V  



Regreso a mi departamento.
   Pongo un caset. De Bob Dylan. Le subo el volumen. ´Death is not the end’, canta el compositor. Pero casi, me digo. Me sirvo otro ron. Y vuelvo a romper el vaso contra la pared. Escucho con fuerza inusitada a Dylan. Death is not the end. Las mariposillas revolotean implacablemente en mi estómago. Dylan canta con dureza. Me recuesto en el sillón. Cierro los ojos. Death is not the end. Veo al perro ciego lanzar enjundioso una mordida que va directamente a mi cuerpo, en mi pierna izquierda, luego en la cintura y en los pulmones, en el brazo y en las rodillas, en mis manos, en mi corazón.






v. r.




domingo, 21 de febrero de 2016

Versos Dicen..



      


LO QUE NO SÉ NO SE SABE, es ignorancia,    
un retirar saber hasta hallar nada    
o casi nada, el brillo de una espada    
pero la espada no, su vigilancia.  

Si algo sabe mi voz será la errancia,  
su andar por ahí nomás soltando el cuento    
de que, sí, la embriaguez es su elemento    
y ahí ausente de sí da con la mancia    

que aunque de nada sirve le asegura    
la buena soledad y que aunque augura    
la muerte en cada ser y toda cosa    

se abre sin embargo como rosa    
cuyo aroma asumido da estatura    
y un dejo de la ciencia más sabrosa.  


: : :


ALEGRE ESTÁ MI DIOS, danzando está    
y su danza deshace toda sombra    
y en la rueda de llamas que lo nombra    
algo de mi tristeza ya se va.  

Este dolor desnudo la belleza    
ha alcanzado y de nada ser se fía    
y en esa nada ser se me perdía    
enredado el lamento que aquí cesa.  

No más que siendo sol bien sonreído    
canta mi corazón con voz que habita    
fuera de todo afán; reconfortado    

soy lenguaje en quietud que lo sagrado    
une a lo natural y eso me quita    
un gran peso de encima: lo vivido.  


: : :


ESTOY CANSADO DE TRATAR CON LOCOS,  
loco yo mismo, claro que lo sé,  
para que me hago el loco siendo que    
lo que quiero es razón. Denme de cocos    

amigos, fuerte: mocos, mocos, mocos,  
a ver si así despierto donde quiero,  
en cierta lucidez que tuve, espero,  
alguna vez.. Se encienden, y no pocos,  

focos rojos doquiera que camino    
o que voy arrastrando mis despojos    
en pro de sensatez. Ay, desatino.  

Sáquenme, pero ya, del manicomio    
éste en que me han rundido mis arrojos,  
cuchipanda de piojos, reconcomio.    

                                                             



r. y.



martes, 26 de enero de 2016

Dispersión..



       


Forma de sabueso         
  tiene el origen de las dispersiones.        
 Quise borrar su huella         
  & me siguió         
  en la brecha         
  en la huida.        
 Permaneció en el iris de mis ojos         
  y recorrió mis vetas más exhaustas.        





e. m.



martes, 5 de enero de 2016

Aniversario..











   ¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!
   ¡Qué créditos con bruma, en una esquina!
   ¡Qué diamante sintético, el del casco!
   ¡Cuánta más dulcedumbre
    a lo largo, más honda superficie:
   ¡cuánto catorce ha habido en tan poco uno!

   ¡Qué deber,
    qué cortar y qué tajo,
    de memoria a memoria, en la pestaña!
   ¡Cuanto más amarillo, más granate!
   ¡Cuánto catorce en un solo catorce!

   Acordeón de la tarde, en esa esquina,
    piano de la mañana, aquella tarde;
    clarín de carne,
    tambor de un solo palo,
    guitarra sin cuarta ¡cuánta quinta,
    y cuánta reunión de amigos tontos
    y qué nido de tigres el tabaco!
   ¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!

   ¿Qué te diré ahora,
    quince feliz, ajeno, quince de otros?
   Nada más que no crece ya el cabello,
    que han venido por las cartas,
    que me brillan los seres que he parido,
    que no hay nadie en mi tumba
    y que me han confundido con mi llanto.

   ¡Cuánto catorce ha habido en la existencia!




c.v.



viernes, 1 de enero de 2016

Acaba de pasar el que vendrá..



       


 Acaba de pasar el que vendrá
  proscrito, a sentarse en mi triple desarrollo;
  acaba de pasar criminalmente.

 Acaba de sentarse más acá,
  a un cuerpo de distancia de mi alma,
  el que vino en un asno a enflaquecerme;
  acaba de sentarse de pie, lívido.

 Acaba de darme lo que está acabado,
  el calor del fuego y el pronombre inmenso
  que el animal crió bajo su cola.

 Acaba
  de expresarme su duda sobre hipótesis lejanas
  que él aleja, aún más, con la mirada.

 Acaba de hacer al bien los honores que le tocan
  en virtud del infame paquidermo,
  por lo soñado en mi y en él matado.

 Acaba de ponerme [no hay primera]
  su segunda aflixión en plenos lomos
  y su tercer sudor en plena lágrima.

 Acaba de pasar sin haber venido.


c.v.


domingo, 22 de noviembre de 2015

Felicidad Clandestina



 Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
      No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

 Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.
 Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
 Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
 Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
 Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
 Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
 Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
 Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
 Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
 Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
 ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
 ¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
 Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

 A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.


c. l.


jueves, 19 de noviembre de 2015

Zan nic caqui itopyo..

De cuatro en cuatro nosotros los hombres,
 todos, habremos de irnos,
                   todos habremos de morir en la tierra..


 Nadie en jade,
                  nadie en oro se convertirá:
                  en la tierra quedará guardado.

 Todos nos iremos
  allá, de igual modo.

    Nadie quedará,
     conjuntamente habrá que perecer,
                   nosotros iremos, así a su casa..

 Como en una pintura
                   nos iremos borrando..

 Como una flor,
  nos iremos secando
                   aquí, sobre la tierra.

   Como vestidura de plumaje zacuán,
    de la preciosa ave
    de cuello, de hule;
    nos iremos acabando, nos iremos a su casa..

 Se acercó
        aquí
        hace giros la tristeza
  de los que en su interior viven..
    Meditadlo, señores,
                               águilas y tigres,
                   aunque fueras de jade
                    aunque fueras de oro
                    también allá iréis,
                    donde los descarnados..

 Tendremos que desaparecer
 nadie habrá de quedar..




N.



domingo, 8 de noviembre de 2015

Cántico a San Leibowitz..



   


 A no ser por aquel peregrino que se le apareció de pronto en medio del desierto donde practicaba su ayuno ritual de Cuaresma, el hermano Francis Gerard de Utah jamás habría descubierto el documento sagrado. Era, desde luego, la primera vez que tenía ocasión de ver un peregrino vistiendo taparrabo, según la mejor tradición; pero una ojeada le bastó al joven monje para convencerse de que el personaje era auténtico. El peregrino era un viejo desgarbado, que cojeaba al apoyarse en el clásico bordón; su enmarañada barba mostraba unas manchas amarillentas alrededor del mentón, y llevaba una pequeña mochila al hombro. Se cubría con un gran sombrero, calzaba sandalias y llevaba atado a la cintura un trozo de arpillera pasablemente sucio y deshilachado. Éste era todo su atavío, y el hombre avanzaba silbando (falso) por el pedregoso camino del Norte. Parecía dirigirse a la abadía de los Hermanos de Leibowitz, que se levantaba a unos diez kilómetros hacia el Sur.
Al percibir al joven monje en su desierto de piedras, el peregrino dejó de silbar y se puso a observarlo con curiosidad. El hermano Francis, por su parte, se guardó muy bien de infringir la regla del silencio establecida por su Orden para los días de ayuno; desviando rápidamente la mirada, continuó su trabajo, que consistía en construir una muralla de grandes piedras para proteger su morada provisional contra los lobos.
Un poco debilitado después de diez días de un régimen compuesto exclusivamente de bayas de cactos, el joven religioso sentía que la cabeza le daba vueltas mientras proseguía su labor. Desde hacía un buen rato, el paisaje parecía bailar ante sus ojos, y veía flotar unas manchas negras a su alrededor; por esto se preguntó si la barbuda aparición no sería un espejismo provocado por el hambre... Pero el propio peregrino se encargó de disipar sus dudas.
—¡Hola ho! —gritó, a modo de alegre saludo, con voz agradable y melodiosa.
Cómo la regla del silencio le impedía responder, el joven monje se contentó con dedicar al suelo una tímida sonrisa.
—¿Es éste el camino de la abadía? —preguntó entonces el caminante.
Sin alzar los ojos del suelo, el novicio asintió con la cabeza, y seguidamente se agachó a coger un trocho de piedra blanca, parecida al yeso.
—¿Y qué hace usted aquí, entre tantas rocas? —prosiguió el peregrino, acercándose a él.
El hermano Francis se arrodilló apresuradamente para escribir en una piedra plana las palabras «Soledad y Silencio». Si sabía leer —cosa poco probable, a juzgar por las estadísticas—, el peregrino comprendería que su sola presencia constituía para el penitente ocasión de pecado, y, sin duda, le haría la merced de retirarse sin insistir más.
—¡Ah, bueno! —dijo el barbudo. Permaneció inmóvil un instante, paseando la mirada a su alrededor, y después golpeó una piedra muy grande con su palo.
—Ahí tiene una —dijo— que le serviría para su trabajo... Bueno, mucha suerte, ¡y ojalá encuentre la Voz que busca!
Por lo pronto, el hermano Francis no comprendió que el desconocido había querido decir «Voz» con V mayúscula; imaginó sólo que el viejo le había tomado por sordomudo. Después de dirigir una rápida mirada al peregrino que se alejaba silbando de nuevo, se apresuró a dedicarle una bendición silenciosa para asegurarle un buen viaje, y reanudó su trabajo de albañil con el fin de construirse un pequeño reducto en forma de ataúd, donde pudiera tenderse a dormir sin que su carne sirviera de banquete a los lobos hambrientos.
Un rebaño celeste de cúmulos pasó sobre su cabeza: después de haber tentado cruelmente al desierto, aquellas nubes iban ahora a verter en las montañas su húmeda bendición... Su paso refrescó un instante al jo-ven monje, protegiéndole de los rayos ardientes del sol, y el hombre lo aprovechó para dar fin a su trabajo, no sin subrayar sus menores movimientos con oraciones murmuradas entre dientes, para asegurarse una verdadera vocación; porque ésta era, también, la finalidad que esperaba conseguir durante su período de ayuno en el desierto.
Por último, el hermano Francis agarró la enorme piedra que le había indicado el peregrino..., pero los sa-ludables colores que le había dado su trabajo de fuerza se borraron de pronto de su semblante, mientras dejaba caer precipitadamente la roca, igual que si acabase de tocar una serpiente.
Una caja de metal oxidado yacía a sus pies, parcialmente hundida entre los guijarros...
Impulsado por la curiosidad, el joven estuvo a punto de cogerla, pero, pensándolo mejor, dio un paso atrás y se santiguó a toda prisa, murmurando unas palabras en latín. Después, de lo cual, más tranquilizado, no temió ya dirigirse a la misma caja.
—¿Vade retro, Satanás! —le dijo, amenazándola con el pesado crucifijo de su rosario—. ¡Desaparece, Vil Seductor!
Y, sacando disimuladamente un pequeño hisopo de debajo de su hábito, roció la caja con agua bendita, por lo que pudiera ser.
—Si eres criatura diabólica, ¡márchate!
Pero la caja no dio la menor señal de querer desaparecer, ni de estallar, ni siquiera de encogerse despidiendo olor de azufre... Se contentó con quedarse tranquilamente en su sitio, dejando que el viento del desierto evaporase las gotas benditas que la cubrían.
—¡Así sea! —dijo entonces el religioso, arrodillándose para coger el objeto.
Sentado entre los guijarros, estuvo más de una hora golpeando la caja con una piedra grande para abrirla. Mientras trabajaba de esta guisa, se le ocurrió pensar que aquella reliquia arqueológica —pues estaba bien claro que de esto se trataba— era tal vez una señal enviada por el Cielo para indicarle que la vocación le había sido otorgada. Sin embargo, arrojó inmediatamente esta idea de su mente, recordando a tiempo que el padre abad le había puesto seriamente en guardia contra toda revelación personal directa de carácter espectacular. Si había salido de la abadía para ayunar cuarenta días en el desierto, pensó, era precisamente para que su penitencia le valiera una inspiración de lo alto llamándole a las Sagradas Órdenes. No debía confiar en ver visiones, ni en oírse llamar por voces celestiales: tales fenómenos en él, sólo habrían revelado una vana y estéril presunción. Eran ya demasiados los novicios que habían vuelto de su retiro en el desierto con abundantes historias de presagio, de premoniciones y de visiones celestiales, siendo con ello causa de que el excelente padre abad adoptase una política enérgica frente a los supuestos milagros. «El Vaticano es el único capacitado para pronunciarse en esta materia —había gruñido—, y es preciso guardarse de tomar por revelación divina lo que no es más que efecto de la insolación.»
El hermano Francis no podía, empero, dejar de manipular la vieja caja metálica con infinito respeto, mientras la martillaba a más y mejor para abrirla...
De pronto aquélla cedió, su contenido se desparramó por el suelo, y el joven religioso sintió que un esca-lofrío le recorría la espina dorsal. ¡He aquí que la misma Antigüedad iba a serle revelada! Apasionado por la arqueología, costábale creer lo que veían sus ojos, y pensó de pronto que el hermano Jeris iba a enfermar de envidia, pero pronto se arrepintió de este pensamiento poco caritativo y se puso a dar gracias al Cielo que le regalaba semejante tesoro.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Txoria txori..






Hegoak ebaki banizkio

nerea izango zen..

Ez zuen aldegingo..  


Bainan; honela..


Ez zen gehiago txoria izango.. 

Eta nik 

txoria nuen maite..


  Eta nik.. 

txoria nuen maite.. 






j. a.




viernes, 23 de octubre de 2015

ya que andaba por aquí..


                       

Alrededor de mi nombre se ha formado    
una costra tan pesada    
de problemas y hábitos    
que es difícil [ hasta para mí ]    
atraversarla y vislumbrar su rostro.   
Golpeo a su puerta y no me contesta.   

Duerme. Salió para poner en orden sus asuntos,   
quizás todavía no; está otra vez ocupado    
y ya hay gente que lo aguarda    
o le dio una rabieta y decidió no volver.   

No pienso esperar. No. No tengo tiempo    
para desperdiciarlo en él: que descanse en paz    
o que no descanse, si es que de mí depende.   
Si fuera por mí, que se le parta la cabeza.   
Otra visita inútil. Un día más, perdido de antemano.    
Debe existir algún yo diferente en otra parte.   


Aunque, ya que andaba por aquí,   
intentaré con uno o dos conocidos    
o quizás la próxima semana.   


 : :

  n.  z. 



jueves, 15 de octubre de 2015

El arpa eólica..





 El arpa es el instrumento que, más que ningún otro, reúne en sí mismo la fórmula medieval de lo bello (perfectio prima) y de lo útil (perfectio secunda): es decir, que debe resultar hermoso a la vista y estar construido según las reglas de la armonía formal, y al mismo tiempo, debe ser compatible con su objetivo esencial, que es producir un sonido agradable.
   Con nueve años yo tenía un arpa. Constaba de un poste eléctrico y de seis pares de hilos conectados a aisladores de porcelana, similares a un juego de té desparejo. (De hecho, uno de los aisladores ya lo había roto yo con un golpe de honda antes de descubrir, en el marco de mi instrumento eólico, la función musical de aquel juego de porcelana china).
   Ahora que ya he descrito el sistema de afinación, puedo pasar a los restantes elementos.
   Para obtener un arpa eólica hacen falta (además de las clavijas de porcelana ya mencionadas para afinar las cuerdas) como mínimo dos postes eléctricos de simple madera de abeto alquitranado. La distancia ideal entre los dos postes es de cincuenta metros. El tronco debe haber sido expuesto durante mucho tiempo (de cinco a diez años, por lo menos) a la acción sucesiva de la lluvia, las heladas, y el sol, a fin de que, ante los bruscos cambios de temperatura (de +361° C a -221° C), la madera acabe resquebrajándose. Se partirá, igual que un corazón afligido, cuando se dé cuenta de que ha cesado definitiva e irremediablemente de ser un árbol, un joven abeto, y se ha convertido, definitiva e irremediablemente, en un poste eléctrico.
   En ese momento, cuando el tronco, hendido y con heridas, comprende que permanecerá para siempre en el suelo, clavado hasta la rodilla, e incluso más allá de la rodilla, sin esperanza alguna de escapatoria, no le queda más remedio que mirar hacia la lejanía, hacia los bosques que le hacen señales con la cabeza. Y entonces tiene que aceptar que sus amigos más cercanos, sus amigos y compañeros, son esos dos troncos que están a unos cincuenta metros de donde él está, a su izquierda y a su derecha, tan tristes como él, e igualmente clavados hasta la rodilla en el mantillo de vegetación que cubre el suelo.
   Cuando se les conecta por medio de dos hilos y se les coloca, en lugar de las ramas verdes, este juego de té chino (seis pares de tazas puestas boca abajo, en las que ni siquiera los pájaros podrán beber), entonces empezarán a cantar y a tocar sus cuerdas. Basta con pegar la oreja al poste; aunque eso ya no es un poste, ahora es un arpa.
   Algunos lectores sin experiencia (que nunca han pegado la oreja a un poste eléctrico) pensarán quizá que el viento es indispensable. En absoluto es así. El tiempo ideal para un arpa de estas características es un día ardiente de julio, en plena canícula, cuando el aire vibra de calor y se llena de espejismos, cuando el tronco está seco y suena como si estuviera hueco.
   Casi se me olvida: el lugar más idóneo para instalar un arpa así es al borde de una vía muy antigua. La de la que hablo ahora seguía el Camino de la Posta, construido en la época en que Panonia estaba habitada por los romanos. Gracias a eso la columna del arpa, como una antena, capta sonidos del pasado; las melodías vienen tanto del tiempo pasado como del tiempo futuro.
   El juego de cuerdas cubre toda la gama de menor y, pasando por la dominante, llega con facilidad a la mayor.
   Esto es todo en cuanto al instrumento en sí.
   Ahora basta con darse la vuelta para comprobar que no hay nadie en el Camino Real, nadie entre el trigo, nadie en la cuneta, y nadie en el horizonte. En caso de que se acerque un carro cargado de paja, de alfalfa o de trigo, hay que esconderse rápidamente en la cuneta y esperar que pase.
   Resulta obvio: es necesario estar completamente solo. No hay por qué incitar a las lenguas viperinas a que te tachen de loco, como a tu padre, y a que se pregunten qué estás haciendo con la oreja pegada al poste eléctrico. Algunos creerán que te has vuelto tan imbécil que ahora crees que en el tronco partido hay un enjambre de abejas, y que de repente te has vuelto muy aficionado a la miel; otros llegarán a decir que estás al acecho de los aviones de los aliados para informar a tus cómplices; incluso habrá algunos que, llevados por su imaginación, pensarán que estás recibiendo misteriosos mensajes del éter.
   Por eso (entre otras cosas) vale más comprobar que no hay nadie en el Camino Real, nadie entre el trigo, nadie en las cunetas, y nadie en el horizonte.
   Lo reconozco: si alguien no entiende nada de música podría creerse que, cuando pega la oreja al poste, está escuchando el zumbido lejano de los aviones para huir del camino y esconderse en la cuneta, o bien correr a toda prisa para avisar a los del pueblo que está a punto de llegar una escuadrilla de bombarderos. Pero ésa no es más que la primera (y falsa) impresión. Se trata más bien del acompañamiento, de los bajos en los que el niño reconoce el sonido del tiempo; porque desde el fondo de los tiempos y de la historia llegan sonidos como llegan desde los cuásares y desde las estrellas lejanas. (El olor de la resina derretida sólo es un estímulo, como cuando en un templo arden hierbas aromáticas, sándalo e incienso).


 Mientras se queda con los ojos cerrados, lo que le canta el arpa al oído es lo siguiente: que dentro de poco ya no trabajará para el señor Molnar; que su padre jamás volverá; que abandonará la cabaña que tiene el suelo de tierra batida; que finalmente llegará a Montenegro, donde está su abuelo; que tendrá libros nuevos; que tendrá 1.500 lápices, 200 plumas, 5.000 libros; que su madre morirá pronto; que encontrará a la chica que amará para siempre; que viajará; que recorrerá mares y ciudades; que, remontándose a la historia más lejana y a los tiempos bíblicos, investigará sus turbios orígenes; que escribirá un cuento sobre el arpa eólica hecha con un poste y con los cables del tendido eléctrico.


*


d. k.